Si la pertinencia es responder de manera adecuada, oportuna y medible a los desafíos de los territorios ¿desde dónde se definen esos desafíos?. En Chile, y probablemente ocurra en México, Costa Rica, Honduras, Perú o cualquier país de la región, esa respuesta no es abstracta y se encuentra, principalmente, en las Estrategias Regionales de Desarrollo (ERD) y en los Planes de Desarrollo Comunal (PLADECO) y similares, que más allá de sus limitaciones, constituyen bases consistentes para comprender las brechas y orientar la acción de la vinculación.
Las estrategias regionales son en cada país, instrumentos de mediano y largo plazo que integran diagnósticos estructurales en ámbitos económicos, sociales y ambientales, con una visión de desarrollo compartida. A través de sus ejes, lineamientos y objetivos estratégicos, describen una región y proyectan lo que esta necesita ser y hacer.
En ese sentido, las estrategias son una síntesis política y técnica de las prioridades del desarrollo regional. Para la VcM, su valor es evidente ya que permite identificar con claridad dónde están las brechas relevantes y, por tanto, hacia dónde debieran orientarse las contribuciones institucionales.
Sin embargo, una estrategia regional no basta por sí sola. El desarrollo se juega con mayor intensidad en lo local/comunal y es ahí donde los planes de esa escala adquieren relevancia. A diferencia de las estrategias regionales, los planes comunales traducen las grandes orientaciones en problemas concretos como acceso a servicios, condiciones de vida, necesidades de barrios, grupos específicos o sectores rezagados.
Su horizonte es más cercano y su lenguaje, más operativo. Para la VcM, esto permite pasar de la intención estratégica a la acción pertinente, tendiendo puentes entre lo regional y lo local.
A las estrategias y planes siempre se les ha cuestionado por su excesiva tecnificación, por procesos de diseño concentrados en expertos o por dificultades en su implementación efectiva. Sin embargo, en las últimas décadas, la planificación ha avanzado hacia esquemas más participativos, incorporando procesos de co-diseño y validación con actores del territorio. Eso los convierte en marcos mucho más legítimos y utilizables para orientar la Vinculación con el Medio.
Ahora bien, limitar la pertinencia únicamente a estos instrumentos es insuficiente porque el territorio no se define solo desde lo regional y lo comunal. Otros marcos nacionales e internacionales ofrecen desafíos de escala y profundidades distintas. A nivel global, por ejemplo, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible impulsada por Naciones Unidas ha permitido traducir grandes desafíos en 17 objetivos y 169 metas concretas, ofreciendo un lenguaje común y un conjunto de más de 200 indicadores que han permeado tanto al sector público como al privado.
Su valor para la VcM radica en conectar lo local con lo global, ampliando el alcance de la contribución.
En paralelo, las políticas sectoriales, en ámbitos como salud, educación, energía, ciencia o medio ambiente, aportan una capa de profundidad técnica que muchas veces no está presente en los instrumentos territoriales y los ministerios o entidades técnicas estatales desarrollan lineamientos, estándares e indicadores que permiten afinar el diseño de las intervenciones y mejorar su evaluación.
A su vez, comienzan a cobrar relevancia otros referentes, como los estándares ESG o los marcos de economía circular impulsados por organizaciones como la Ellen MacArthur Foundation, que amplían el campo de acción de la VcM hacia la sostenibilidad y la articulación con el sector productivo.
En conjunto, todos estos instrumentos configuran un ecosistema que ofrece múltiples entradas para pensar la pertinencia.
En este entramado, las estrategias regionales y los planes comunales siguen siendo el punto de partida más sólido. Son los marcos que permiten comprender el territorio en su especificidad e identificar las brechas que justifican y dan sentido la acción. A partir de ahí, los demás instrumentos pueden operar como capas complementarias aportando indicadores, otros estándares, otros lenguajes compartidos o gobernanzas.
La VcM encuentra en estos marcos, los desafíos que le dan sentido a sus planes y programas.
Pero incluso cuando se utilizan estos marcos, persiste un desafío mayor porque la Vinculación con el Medio debe avanzar en alinearse con ellos y demostrar contribución. Alinearse es justamente declarar pertinencia; contribuir es evidenciar cambios. Esto implica diseñar iniciativas que respondan efectivamente a las brechas identificadas, generar evidencia sobre sus resultados y construir narrativas fundadas que expliquen cómo y en qué medida se aportó al desarrollo del territorio.
Desde esta perspectiva, la pertinencia deja de ser un atributo difuso y se transforma en una capacidad institucional, más allá de declaraciones o principios y le otorga a la vinculación la capacidad de conectar acción, territorio y evidencia.