¿Vaso medio lleno o medio vacío?

10 de abril de 2026 por
¿Vaso medio lleno o medio vacío?
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En el sentido común, esta expresión se usa para contraponer dos formas de interpretar una misma situación, optimismo o pesimismo, satisfacción o insatisfacción. Pero en relacionamiento y vinculación, la pregunta más importante no es solo cómo se percibe el vaso. Lo verdaderamente relevante es si sacia la sed. La sed de resultados, de contribuciones e impactos que cumplan metas, respondan a la misión y visión institucional, expresen los valores declarados, fortalezcan la identidad y sostengan la reputación.

En Vinculamos hemos observado cómo muchas instituciones de educación superior y empresas, cuando cuentan con data de trazabilidad de sus acciones de relacionamiento y vinculación, tienden a reducir su cantidad, potenciar su profundidad y complejizar la gobernanza para el aseguramiento de la calidad.

Entonces aparece una pregunta estratégica: ¿es mejor tener 300 acciones con 40% de resultados positivos o 100 con un porcentaje muy superior de contribución o impacto?

Esa sola interrogante demuestra que las instituciones, en general, no tienen un problema de falta de vinculación. Más bien carecen de modelos o enfoques para comprenderla, planificarla y evaluarla con sentido. Se relacionan con actores clave, impulsan actividades, desarrollan proyectos, firman convenios, participan en redes y muestran presencia activa en sus territorios, pero aun así no siempre logran responder con claridad a: ¿qué estamos produciendo?, ¿qué resultados estamos generando?, ¿qué valor estamos creando? o ¿a qué cambios estamos contribuyendo de manera efectiva?

Hay, además, una segunda cuestión que pasa desapercibida. Muchas instituciones, cuando evalúan para sus procesos de autoevaluación, reportes, acreditación o certificación, producen estadísticas densas que presentan como evidencia de acción efectiva. Sin embargo, no fijaron metas respecto de cuánta agua debía tener el vaso, qué calidad debía alcanzar, para quién debía estar disponible, qué usos debía cumplir y qué aportes positivos debía generar su producción y consumo.

Y cuando esas metas no existen, ¿Cómo determinar si hubo avances?, ¿Cómo declararnos satisfechos o evidenciar que generamos valor?

Cuando no existe un modelo evaluativo, la vinculación queda reducida a una suma de iniciativas, personas, anécdotas, reportes o hitos difíciles de interpretar estratégicamente, aunque se disponga de abundante estadística. Contar con un modelo evaluativo, permite ordenar los datos, fortalecer la trazabilidad, mejorar el diseño de las acciones y comprender mejor la calidad, cobertura, direccionalidad y pertinencia de los vínculos construidos con los entornos.

Permite saber si el vaso ofrece algo más que volumen y si contiene una vinculación capaz de cumplir metas, honrar la misión, encarnar valores y producir efectos que los equipos puedan reconocer con orgullo y la sociedad pueda valorar como significativos.

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