“En la empresa se está gestando una verdadera revolución para el uso de IA, me tiene expectante, debería tener impacto en varios ámbitos y procesos”, me comenta un querido amigo, al tiempo que le comparto que “en Vinculamos acabamos de diseñar nuestra primera política para gobernanza en uso de la IA”. Son signos de los tiempos, pienso, a la vez que caigo en cuenta que ambos somos eso que profesionalmente podría llamarse “generalistas”.
Y ahondo en la idea que el auge de la IA inaugura una era en que crece el valor de los generalistas capaces de aprender rápido, integrar saberes, coordinar herramientas y sostener criterio en contextos cambiantes y no simplemente una época de recambio o sustitución de especialistas. La conversación con mi amigo no surge en el vacío, es una derivada en el diálogo que sostenemos para compartir perspectivas de como abordar el trabajo con un cliente corporativo. Gira en torno a como producir mayor valor pare el cliente usando IA, tiene propósito, responsabilidad y sentido de realidad.
Mucho se ha dicho sobre el potencial de la IA para automatizar tareas, reducir puestos o volver prescindibles ciertas funciones, poco sobre como revisamos las categorías con que organizamos el trabajo.
Durante décadas, buena parte del mundo profesional se organizó bajo la promesa de estudiar una disciplina, dominar un cuerpo de conocimientos, entrar a una trayectoria reconocible y progresar dentro de un campo cada vez más especializado. Esa estructura (estructurada y estructurante) ordenaba a las organizaciones y nuestras biografías.
La profesión decía qué hacía una persona, pero también ofrecía una respuesta sobre quién era, qué podía esperar del futuro y qué sentido tenía su esfuerzo acumulado. Hoy esa promesa se debilita. Las olas tecnológicas, la reorganización del trabajo en proyectos, la presión por resolver problemas complejos y la irrupción de la IA están erosionando el valor de las trayectorias rígidas y de los saberes encerrados en fronteras demasiado estrechas.
Aquí se observa que un cambio profundo podría estar en la transformación del valor relativo entre especialización y generalismo. Sería un error, como hemos leído con frecuencia en LinkedIn, entender este momento como el simple fin del especialista. Lo que está ocurriendo es más sutil y no menos disruptivo. La profundidad no desaparece, pero cambia de lugar.
En un número creciente de situaciones, la ventaja está en saber conectar bien varias cosas a la vez y no en saber mucho de un ámbito o fenómeno.
La IA acelera ese desplazamiento porque reduce el costo de entrada a muchas tareas cognitivas que antes estaban reservadas a perfiles altamente especializados. Redactar un informe técnico, sintetizar información compleja, producir una visualización convincente, elaborar un primer análisis, diseñar una estructura o programar un prototipo inicial ya no exige una larga carrera previa. Hoy se requiere saber formular bien el problema, combinar herramientas, iterar con criterio y validar con inteligencia los resultados.
En ese nuevo escenario emerge con fuerza la figura del generalista aumentado por IA, un profesional capaz de moverse entre distintos lenguajes, integrar perspectivas, traducir entre áreas y construir soluciones combinando capacidades humanas y artificiales. Ese generalista no reemplaza mecánicamente al experto, pero sí gana terreno allí donde el valor depende de articular piezas diversas con rapidez y coherencia. Su fortaleza está en activar muchos saberes a la vez y ponerlos en relación con una finalidad clara.
Durante mucho tiempo, una parte importante del prestigio profesional se sostuvo en la escasez porque pocos sabían hacer ciertas cosas y esa escasez justificaba posiciones, trayectorias, jerarquías y reconocimiento. La IA empieza a desarmar parcialmente ese esquema. Cuando muchas tareas se vuelven asistibles, acelerables o parcialmente automatizables, el valor se desplaza desde la mera ejecución hacia la capacidad de interpretación, integración y conducción.
Durante años también, muchas estructuras funcionaron como una suma de experticias separadas, coordinadas por jerarquías, procesos y capas intermedias de gestión. Cada área custodiaba un fragmento del conocimiento y la integración ocurría arriba, a veces tarde y a veces mal. La IA tensiona ese diseño. Si una sola persona puede avanzar apoyada por herramientas inteligentes en tareas de análisis, redacción, visualización, síntesis, prototipado o planificación, entonces el cuello de botella está en la falta de articulación estratégica, no en la carencia de especialistas o expertos.
Empieza a crecer el valor de quienes pueden reunir problemas, datos, personas, herramientas y decisiones en secuencias de trabajo más integradas, más flexibles y orientadas a resultados reales.
Sin embargo, aquí conviene frenar cualquier entusiasmo ingenuo. Porque la celebración del generalista aumentado puede derivar fácilmente en una cultura de superficialidad eficiente, teniendo personas capaces de producir mucho, muy rápido, en múltiples formatos, pero sin una comprensión suficiente del problema que abordan ni del mundo sobre el cual intervienen. Una empresa, una universidad, una institución pública o una comunidad requieren criterio, responsabilidad, espesor, memoria y capacidad de distinguir entre lo que impresiona y lo que verdaderamente sirve. No solo rapidez.
Mi amigo es un generalista aumentado y no está riesgo laboral en su empresa. Por ahora. El generalista aumentado por IA será una figura valiosa por su versatilidad en abstracto y su capacidad para sostener un juicio situado, que le permite distinguir lo plausible de lo frágil, lo técnicamente posible de lo institucionalmente inviable.
El valor diferencial empieza más en la calidad de la pregunta, en la lectura del contexto, en la comprensión del problema y en la responsabilidad por el resultado, no tanto en la rapidez de la respuesta.
Esto obliga también a revisar cómo estamos formando personas y equipos. Porque si el trabajo deja de organizarse exclusivamente en torno a especialidades cerradas y empieza a estructurarse en torno a problemas complejos, proyectos cambiantes y combinaciones variables de herramientas, entonces no basta con enseñar contenidos o técnicas aisladas.
Se vuelve imprescindible formar criterio, plasticidad intelectual, lectura estratégica, capacidad de colaboración, juicio ético y aptitud para (des) aprender de manera continua. El conocimiento se debe demostrar, no acumular cartesianamente. Aquí el generalista aumentado recuerda al profesor Maturana: “Todo hacer es conocer y todo es conocer es hacer”.