Tres lecciones de un cupón

7 de octubre de 2026 por
Tres lecciones de un cupón
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Entre mayo y septiembre de 2026, el Gobierno entregó el Cupón de Gas Licuado de $27.000 por una sola vez para los hogares del 80% más vulnerable del Registro Social de Hogares (RSH). Había que activarlo con Clave Única antes del 30 de junio y canjearlo vía BancoEstado hasta el 30 de septiembre. Podían acceder 7,7 millones de hogares, con un presupuesto anunciado de $199.422 millones.

El balance oficial del 4 de octubre indicó que "9 de cada 10” o 4,8 millones de hogares lo usaron. Pero esa cifra se calcula sobre los 5,1 millones que activaron el cupón, no sobre los 7,7 millones que tenían derecho a él.

Medido contra el universo elegible, el programa llegó a cerca de 6 de cada 10 hogares. Unos 2,5 millones nunca lo activaron.

¿Qué sabemos?

La brecha estuvo en el acceso. El Estado sabía exactamente quiénes eran esos hogares, porque los tenía identificados en el RSH, y aun así les pidió que fueran a buscar el beneficio por internet, con Clave Única y en seis semanas.

La literatura llama a esto "carga administrativa" (Herd y Moynihan), son costos que se trasladan a las personas y que recaen con más fuerza sobre quienes tienen menos tiempo, menos conectividad y menos experiencia con trámites.

El diseño fue uniforme para realidades distintas. Supuso que todos los hogares usan gas licuado y entregó el mismo monto sin importar el tamaño del hogar, el clima ni el precio regional del cilindro. Muchos beneficiarios arguyeron usar calefacción eléctrica, otros leña o gas por cañerías.

Hubo filtraciones. Se registró reventa de cupones en redes sociales a la mitad del precio, así como alza del cilindro de 15 kg en los tres principales distribuidores.

Lo que no sabemos

A quién no llegó. No sabemos si los 2,5 millones que no activaron son hogares que no lo necesitaban o los más vulnerables, como adultos mayores, hogares rurales o personas sin conectividad.

Cuánto costó realmente. No hay cifras públicas de ejecución ni de los saldos vencidos. Por cálculo propio, el gasto efectivo rondaría entre $130 y $140 mil millones. Ese "ahorro" se explica porque parte de los beneficiarios no llegó.

Qué impacto tuvo. No se definieron una línea base ni indicadores de resultado. Como el dinero es fungible, para muchos hogares el cupón fue probablemente una transferencia por un cilindro que igual habrían comprado. Podemos contar cupones, pero no medir impacto.

El programa fue rápido, barato de operar y un alivio real para millones de familias. Fue útil y el problema que revela va más allá del Estado. Fundaciones, instituciones de educación superior y empresas, muchas veces diseñamos proyectos sin preguntarnos a quién dejamos fuera por carga administrativa, reportamos actividades como si fueran resultados y elegimos el denominador que mejor nos hace ver.

De este caso describimos al menos tres aprendizajes:

1. El impacto (aunque suene obvio) se diseña. Si no se define antes de partir qué cambio se espera, para quién y cómo se medirá, no habrá forma de saber si ocurrió. La teoría de cambio, la línea base y los indicadores de resultado son parte del diseño, no anexos.

2. Requisitos y cobertura y selección Diseñar responsablemente es preguntarse antes a quién incluye/excluye cada trámite y medir después si efectivamente lo hizo. Una postulación en línea, un horario de atención o un requisito documental deciden quién accede tanto como los criterios formales. Por eso, el primer indicador de cualquier intervención es su cobertura sobre la población objetivo.

3. Medir también la contribución y lo que no funcionó. Pocas organizaciones pueden afirmar que un cambio social se debe solo a ellas. Lo riguroso es preguntarse cuál fue su contribución, qué habría pasado sin su acción y qué otros factores intervinieron. Y un informe que solo muestra éxitos no permite aprender. Publicar los datos, reconocer las brechas y explicar los ajustes es lo que distingue a una organización que gestiona impacto de una que gestiona reputación.

Medir bien es la forma de saber si los recursos, públicos o privados, están cambiando algo en la vida de las personas, y requiere método, independencia y disposición a encontrar lo que no esperábamos. No es lujo ni una burocracia adicional.

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